Él llevaba cerca de media hora esperando que pasara algo. Caminó todo el andén, de ida y de vuelta un par de veces. Contó 242 pasos en ir de un extremo a otro; en total, calculó que habría dado 968 pasos de ida y vuelta. Pensó que si sumaba los que dio desde la entrada del metro tal vez había cumplido los mil. Habrían sido más si hubiera evitado pisar las rayas de los cuadros en el suelo.
Se sentó debajo del reloj, que marcaba las 12:28. Esperaba que pasara algo y pasaron muchas cosas: 15 trenes, 12 vagones por tren, cuatro puertas y tres ventanas por vagón. Mil 260 ojos de aquel dragón naranja del que sólo salían personas, personas humanas. Intentó hacer un cálculo de cuánta gente había visto en ese tiempo, pero de esa cifra complicada sólo recordó a 14 mujeres vestidas de rojo. Ninguna le llamó la atención. Era tarde y se sentía perdido.
Esa mañana había llegado tarde a su trabajo. Prendió su computadora, como todas las mañanas, abrió su correo, un archivo de Word en blanco para comenzar a hacer su reporte financiero, revisó los índices de cotización de la bolsa de Japón y los cables de Notimex. Nada extraordinario.
Pero a las 11:35 llegó un mensaje:
De: Hood9red
Asunto: Encuéntrame
Estaré donde los duraznos son azules.
Besos, mi lobo.
“Duraznos azules”, pensó, “duraznos azules, duraznos azules, duraznos azules, duraznos azules. Piensa, piensa, piensa”. Cerró los ojos. “Duraznos azules, duraznos azules, duraznos azules, duraznos azules.
“¡Duraznos azules!”. Se tomó el cabello con las manos. Abrió los ojos y se levantó.
Escribió “Gracias” al final del archivo en Word en el que hablaba de sobre el nuevo préstamo del FMI a México. Tomó sus cigarros, se quitó la corbata y la tiró al cesto de la basura y salió sin escuchar las preguntas de su jefe rumbo a la estación Chabacano.
Cuando el reloj marcaba las 12:28 una mancha gris se le puso enfrente. Una chica le preguntó si sabía cómo llegar más rápido a la estación Balderas. Él dijo: “Por la Línea 3. O, no sé”, y se encogió de hombros, tratando de ver a una mujer en un vestido rojo que pasaba a su derecha. Pero no, no era ella.
Cerró los ojos. Pasaron unos minutos en silencio y el reloj seguía marcando las 12:28, fue entonces que se percató que no servía y pensó en que todo esto era un pésimo chiste.
Entonces se repitió lo que Hood9red le había dicho en alguno de esos correos electrónicos: “Cuando conoces al amor de tu vida”, dijo en voz alta, “el tiempo se detiene”. Volteó a su alrededor y la gente estaba inmóvil.
Se levantó y de sólo 10 pasos recorrió todo el andén hacia la salida. Esquivó la columna de fuego del payaso de la esquina y tomó el primer unicornio blanco que pasaba por ahí y se dirigió hacia el metro Balderas.
“Es ella, y no la vi. No la reconocí. ¿Por qué vestía de gris y no de rojo?”, se preguntó en voz alta.
Cuando el tiempo se detiene, la gente está inmóvil, lo que dejaba poco espacio para que el unicornio pudiera avanzar entre los autos varados.
“No llegaré a tiempo”, se dijo, así que tomó una burbuja de jabón y comenzó a soplar.
La burbuja creció tanto que explotó en millones de malvaviscos de colores formando un puente. “Estamos en un puente”, dijo el unicornio.
Mientras cruzaban el puente, él recogió un cable de un poste de electricidad y formó un lazo con el que comenzó a amarrar las estrellas que se encontraba a su paso, y las puso con cuidado en una caja llena de nubes.
A la mitad del camino una fresa explotaba en miles de fresas que volaban para meterse en los edificios de chocolate blanco que estaban al lado del puente de colores.
El camino llegaba hasta el caballo amarillo, que esperaba al unicornio blanco.
Pero él se bajó en donde vio una colina verde, iluminada por un gigantesco árbol de frutos azules. Duraznos azules.
Se acercó pero ella no estaba allí.
Decidió entrar al árbol que por dentro estaba lleno de espejos.
Una bola de arroz blanca iluminaba todo el lugar.
Se acercó a ella y le dio las estrellas y las nubes que había recolectado en el camino.
Entre todos los reflejos, una imagen de sí mismo le habló.
—¿Por qué no vestías de rojo?
—¿Yo tenía que vestir de rojo?
—Nadie dijo que iba a vestir de rojo.
—Es cierto. Oye tus alas son muy grandes.
—Son tuyas. ¿Quién es el lobo? —preguntó el reflejo.
—Yo soy el lobo. Oye, pero en el reflejo, no eres tú, soy yo —dijo él.
—Es para que me encontraras mejor. Sólo la libertad nos mantendrá unidos. Vuela, querido lobo. Encuéntrame.
Él abrió sus alas y los dos volaron.
Y todas las noches juegan a encontrarse.